Comunicación interna

Comunicación no es marketing. Aunque a veces lo parezca.

Marilena Sánchez · · 10 min de lectura
Comunicación no es marketing. Aunque a veces lo parezca.

Era un comité de dirección como cualquier otro.

Café, portátiles, la presentación de siempre abierta en la pantalla grande. El CEO tomó la palabra para compartir algo que claramente le hacía ilusión: la empresa iba a iniciar una colaboración con una asociación de lucha contra el cáncer. Un compromiso real, con implicación del equipo, con recursos dedicados.

Hubo un silencio de dos segundos.

Y entonces, desde el otro lado de la mesa, llegó la respuesta más rápida de la reunión: "Esto hay que ponerlo en redes. Es marketing puro."

Se me encendieron todas las alarmas.

No porque la intención fuera mala. No porque la persona que lo dijo no fuera competente. Sino porque en esa frase, dicha con entusiasmo y total convicción, estaban condensados dos errores que se cometen constantemente en las organizaciones: confundir comunicación con marketing, y confundir una acción con propósito con una oportunidad de visibilidad.

Tuve que parar. Aclarar. Y lo que salió de esa conversación fue una de las más útiles que he tenido en un comité de dirección.

Este artículo es esa conversación.

El error de partida: tratarlo todo como si fuera lo mismo

Hay una tendencia muy extendida en las empresas —especialmente en las que no tienen departamentos de comunicación bien definidos— de meter bajo el mismo paraguas todo lo que tiene que ver con "decir cosas al mundo". Publicar en redes, mandar una nota de prensa, responder a una crisis, hacer publicidad, comunicar internamente un cambio organizacional, patrocinar un evento... todo eso acaba siendo "comunicación" o "marketing" según quien lo nombre y el día de la semana que sea.

El resultado es que se toman decisiones con los criterios equivocados.

Y cuando se toman decisiones de comunicación con criterios de marketing, o decisiones de marketing con criterios de comunicación, el mensaje no solo pierde eficacia. A veces hace daño.

No es un problema semántico. Llamar marketing a lo que es comunicación, o comunicación a lo que es marketing, no es solo imprecisión terminológica. Es confundir los objetivos, los públicos, los tiempos y los criterios de éxito. Y eso se paga.

Qué es marketing (de verdad)

El marketing tiene una función clara: generar demanda y construir valor percibido para que una marca, producto o servicio resulte atractivo para su mercado objetivo.

Sus objetivos son medibles y orientados al negocio: captación de clientes, conversión, retención, posicionamiento competitivo, cuota de mercado. Trabaja con audiencias externas —clientes actuales, clientes potenciales, prescriptores— y sus herramientas son la publicidad, el contenido, el SEO, las redes sociales, las campañas de email, los eventos...

El marketing habla desde la propuesta de valor. Su pregunta central es: ¿por qué alguien debería elegir esto sobre lo que ofrece la competencia?

Y responder bien a esa pregunta tiene un impacto directo y medible en los resultados del negocio.

Qué es comunicación (de verdad)

La comunicación —tanto la corporativa como la interna— tiene una función diferente: gestionar las relaciones y los significados entre una organización y todos los grupos de personas con los que se relaciona.

Esos grupos no son solo los clientes. Son los empleados, los accionistas, los medios de comunicación, las instituciones, los proveedores, las comunidades locales, la sociedad en general. Lo que en comunicación llamamos stakeholders o grupos de interés.

Sus objetivos no son siempre medibles en ventas o conversiones. Son la confianza, la reputación, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, la comprensión mutua, la legitimidad social. La comunicación habla desde los valores y desde la identidad. Su pregunta central no es ¿cómo vendemos más? sino ¿cómo queremos ser percibidos y qué responsabilidad tenemos con quienes nos rodean?

Y eso es, fundamentalmente, una categoría distinta de gestión.

La diferencia que nadie explica: el origen del mensaje

Aquí está el corazón del asunto, y vuelvo a la anécdota del comité de dirección.

Cuando una empresa decide colaborar con una asociación contra el cáncer, esa decisión puede nacer de dos lugares muy distintos.

Puede nacer del marketing: "Asociarnos con esta causa mejorará nuestra imagen de marca, conectará con los valores de nuestro público objetivo y nos diferenciará de la competencia. Es una buena estrategia de posicionamiento." Eso es legítimo. Se llama cause marketing o marketing con propósito, y tiene una larga historia en la gestión de marcas.

O puede nacer de la comunicación corporativa y los valores: "Como empresa, creemos que tenemos una responsabilidad con la sociedad. Esta colaboración es coherente con quiénes somos, no solo con lo que queremos vender." Eso es comunicación. Es Responsabilidad Social Corporativa. Es reputación.

La diferencia no está en el gesto. Está en el origen, el criterio y cómo se gestiona.

Cuando una acción con propósito nace de los valores y se comunica como si fuera una campaña de marketing, se contamina. La audiencia lo nota. Los empleados lo notan. Y lo que podría haber sido un acto genuino de responsabilidad social se convierte en lo que en comunicación llamamos wokewashing: usar causas sociales como envoltorio de imagen sin sustancia real detrás. Eso no solo no ayuda. Daña.

Por qué la confusión es tan común (y tan comprensible)

No estoy aquí para señalar a quien dijo aquello en el comité de dirección. Lo entiendo perfectamente.

Durante años, las empresas han tratado las redes sociales como un canal de marketing. Y técnicamente, también lo son. Pero las redes sociales son también un espacio de comunicación pública donde las organizaciones hablan sobre quiénes son, no solo sobre lo que venden.

Además, en muchas empresas —especialmente pymes y medianas— no existe un departamento de comunicación separado del de marketing. Las dos funciones las lleva la misma persona o el mismo equipo. Y cuando eso ocurre, la lógica del marketing tiende a imponerse, porque tiene métricas más claras, presupuestos más definidos y una relación más directa con los resultados del negocio.

El marketing tiene más visibilidad porque tiene más urgencia. Las campañas tienen fechas de lanzamiento, los resultados se miden en semanas, el impacto en ventas es rastreable. La comunicación trabaja en horizontes más largos, con activos más intangibles —la reputación, la confianza, la coherencia— que son difíciles de cuantificar hasta que los pierdes.

Y lo que es difícil de cuantificar tiende a perder la batalla presupuestaria.

Las diferencias clave, sin rodeos

El público objetivo es diferente.
El marketing habla principalmente a clientes actuales y potenciales. La comunicación habla también —y a veces principalmente— a otros públicos: empleados, medios, instituciones, inversores, comunidades. Una misma acción puede tener mensajes completamente distintos para cada uno de esos grupos. El marketing rara vez necesita esa complejidad. La comunicación la gestiona constantemente.

Los objetivos son diferentes.
El marketing quiere conversión, ventas, posicionamiento competitivo. La comunicación quiere credibilidad, confianza y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Ambos contribuyen al valor de la empresa, pero por caminos distintos y con indicadores distintos.

Los tiempos son diferentes.
El marketing trabaja en campañas, con picos de actividad y temporadas. La comunicación trabaja de forma continua y acumulativa. La reputación no se construye con una campaña: se construye con años de consistencia. Y se puede destruir en días.

El criterio de decisión es diferente.
En marketing, la pregunta es: ¿esto genera retorno? En comunicación, la pregunta es: ¿esto es coherente con lo que somos? Y a veces la respuesta a la segunda es que algo no se debe comunicar aunque sea verdad, o que algo se debe comunicar aunque no genere retorno inmediato.

Esta última diferencia es la más importante. Y la que más fácilmente se ignora.

De vuelta al comité de dirección

Cuando paré la conversación aquella mañana y expliqué por qué aquello no era marketing, la sala quedó en silencio un momento.

No era que la idea de comunicarlo estuviera mal. Era que comunicarlo con criterios de marketing —¿cuánto engagement va a generar?, ¿qué story hacemos?, ¿cómo lo linkeamos con la campaña del trimestre?— era exactamente la forma de convertir algo genuino en algo que iba a parecer oportunista.

La conversación que siguió fue diferente. Más lenta. Con más preguntas.

¿Por qué estamos haciendo esto realmente? ¿Qué queremos que sepa nuestra gente antes de que lo sepa el exterior? ¿Cómo lo vivimos como empresa antes de contarlo? ¿A quién le importa esto más allá de nuestros clientes?

Esas son preguntas de comunicación. No de marketing.

Y la diferencia no es pequeña.

Cómo se relacionan (porque no son enemigas)

Dicho todo esto, hay algo importante que subrayar: comunicación y marketing no son antagonistas. Son disciplinas distintas que necesitan trabajar en coordinación, con criterios propios para cada función y con respeto mutuo por lo que cada una aporta.

El marketing necesita de la comunicación para que su relato sea coherente con la identidad real de la empresa. Una campaña publicitaria brillante que contradice lo que la empresa hace en la práctica es peor que no tener campaña.

La comunicación necesita del marketing para que los mensajes lleguen, para que los formatos sean efectivos, para que el alcance sea real. Una estrategia de comunicación impecable que nadie ve no sirve de nada.

Y las dos necesitan que quien las gestiona entienda cuándo está haciendo una y cuándo está haciendo la otra. Porque los criterios de éxito son distintos, los riesgos son distintos y las consecuencias de mezclarlos también.

Lo que se pierde cuando se confunden

Cuando una empresa trata toda su comunicación como marketing, pierde autenticidad. Todo se vuelve estratégico en el sentido más superficial: ¿cómo nos hace quedar esto? ¿qué impacto tiene en nuestra imagen? ¿cómo lo capitalizamos?

Y cuando todo es estrategia de imagen, la gente —empleados, clientes, periodistas, ciudadanos— deja de creerte. No porque seas mala empresa. Sino porque han aprendido a distinguir entre lo que se dice porque se cree y lo que se dice porque conviene decirlo.

La comunicación genuina —la que nace de los valores, la que es coherente con lo que la empresa hace de verdad, la que habla a las personas como personas y no como audiencias— es uno de los activos más escasos y más valiosos que puede tener una organización.

Y no se construye con campañas.

Aquella mañana en el comité de dirección no fue sobre frenar una publicación en redes. Fue sobre recordar qué tipo de empresa queremos ser.

Y esa es siempre una conversación de comunicación.

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