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Por qué los equipos diversos comunican peor al principio (y mejor después)

Marilena Sánchez··8 min de lectura
Por qué los equipos diversos comunican peor al principio (y mejor después)

Cuando a un equipo nuevo le preguntan cómo les va a las dos semanas, la respuesta suele ser optimista.

Cuando a ese mismo equipo le preguntan a los dos meses, la respuesta empieza a tener matices.

Y si el equipo es diverso —generaciones distintas, culturas distintas, formaciones distintas, formas de trabajar distintas— a los dos meses hay algo que a menudo nadie nombra pero todos sienten: la comunicación no fluye tan bien como debería.

Los equipos homogéneos se comunican bien desde el primer día porque todos hablan el mismo idioma en el sentido más amplio: los mismos códigos, las mismas referencias, las mismas formas de resolver conflictos. Los equipos diversos tardan más en llegar a esa fluidez. Y eso no es un defecto: es el precio de entrada de algo mucho más valioso.

Por qué la diversidad complica la comunicación al principio

No porque la gente sea difícil. Sino porque los sistemas de comunicación que cada persona trae son distintos.

Los estilos de comunicación varían. Hay culturas donde el desacuerdo se expresa directamente y otras donde se expresa de forma indirecta. Lo que para una persona es honestidad, para otra puede parecer agresividad. Lo que para una persona es respeto, para otra puede parecer evasión.

Los ritmos son distintos. Hay personas que procesan en voz alta: piensan mientras hablan, proponen ideas a medio terminar, cambian de opinión en la misma conversación. Hay otras que procesan en silencio: cuando hablan ya han pensado, y los cambios de posición les parecen inconsistencia.

Las jerarquías se interpretan de forma diferente. Para algunas personas, el jefe es una figura de autoridad que marca la pauta y cuya opinión no se debate abiertamente. Para otras, el jefe es un facilitador cuya opinión se puede cuestionar como cualquier otra. En un equipo con las dos perspectivas, las reuniones pueden ser profundamente incómodas para todos.

Los valores sobre el trabajo son distintos. Puntualidad, presentación, formalidad, trabajo en equipo versus individual, feedback directo versus indirecto. Nada de esto es correcto o incorrecto. Pero cuando nadie lo explicita, cada diferencia se convierte en un pequeño roce.

La fase de fricción productiva

Hay investigación que lo respalda: los equipos diversos pasan por una fase inicial de mayor conflicto y menor rendimiento que los equipos homogéneos. Y luego, si atraviesan esa fase bien, superan sistemáticamente a los equipos homogéneos en problemas complejos.

El problema es que muchos equipos interpretan la fricción inicial como una señal de que la diversidad no funciona. Y deshacen lo que podría haber sido su mayor fortaleza.

La fricción en un equipo diverso no es el problema. Es el proceso. Es el equipo aprendiendo a comunicarse con más capas, más matices, más perspectivas. Si lo atraviesas, llegas a algo que ningún equipo homogéneo puede tener: la capacidad de ver el mismo problema desde ángulos completamente distintos.

Cómo atravesar la fase de fricción sin perder a nadie

Nombra las diferencias explícitamente. No para señalarlas como problemas sino para normalizarlas como parte de cómo trabaja el equipo. "Hay personas en este equipo que prefieren procesar en silencio antes de opinar. Otras piensan en voz alta. Ninguna forma es mejor: necesitamos las dos."

Crea acuerdos de equipo sobre cómo comunicáis. No una política. Un acuerdo. ¿Cómo dais feedback? ¿Cómo gestionáis el desacuerdo? ¿Cómo pedís ayuda? Hablar de cómo vais a comunicaros antes de que haya un conflicto es mucho más eficiente que tener que resolverlo después.

Invierte en los momentos informales. La comunicación formal en reuniones y correos está bien. Pero la confianza que hace que la comunicación fluya se construye en los momentos informales: el café, la comida, la conversación de pasillo. En equipos diversos, esos momentos son especialmente importantes porque son donde se crea contexto humano.

Celebra cuando la diversidad produce algo que el equipo solo no hubiera producido. Cuando una perspectiva diferente señala un riesgo que nadie había visto, cuando una forma de trabajo distinta resuelve un problema que el enfoque habitual no resolvía, cuando dos visiones aparentemente opuestas generan una solución mejor que cualquiera de las dos. Nombrar esos momentos construye la narrativa de que la diversidad vale el esfuerzo.

Los mejores equipos que he visto no eran los que nunca tenían roces. Eran los que sabían convertir los roces en aprendizaje.

Y casi siempre, detrás de esa capacidad, había alguien que en algún momento se tomó el tiempo de nombrar la diferencia sin juzgarla.