Liderazgo

Mi jefe es un imbécil

Marilena Sánchez · · 9 min de lectura
Mi jefe es un imbécil

Hay frases que nunca se dicen en voz alta en una reunión pero que flotan en el ambiente como el olor a café quemado de la cocina.

Esta es una de ellas.

La has pensado. Yo la he pensado. Cualquiera que haya trabajado para otra persona la ha pensado alguna vez. Y lo más probable es que en este preciso momento, mientras lees esto, haya alguien en tu equipo pensándola de ti.

Eso es lo que hace incómodo este artículo. Que no habla solo de ellos. Habla de todos.

La pregunta no es si alguien ha pensado que su jefe es un imbécil. Eso ya lo sabemos. La pregunta es qué hacemos con eso. Como empleados, como líderes y como equipos que tienen que seguir funcionando al día siguiente.

Lo has pensado. Todos lo hemos pensado.

No hace falta que tu jefe sea especialmente malo para que la frase aparezca. A veces basta con una decisión que no entiendes. Con una prioridad que te parece absurda. Con una reunión que contradice lo que te dijeron el lunes. Con un "porque lo digo yo" que llega justo cuando creías que habías encontrado la solución perfecta.

Y entonces, en el chat con tu compañero de confianza, en el coche de camino a casa o simplemente en tu cabeza mientras finges escuchar en Teams, aparece: pero qué imbécil.

No es que seas un mal profesional. Es que eres humano.

Lo que pasa después de ese pensamiento es lo que sí marca la diferencia. Porque hay quien lo deja ahí —en el chat privado, en la rabia de cinco minutos— y quien lo convierte en un relato permanente que acaba intoxicando cada conversación, cada reunión, cada decisión.

Y ese segundo camino es el que destroza equipos.

El momento incómodo: ¿y si el imbécil eres tú?

Si eres mando intermedio, responsable de área, directora, coordinador —o cualquier cosa que implique que hay personas que dependen de tus decisiones— hay algo que debes asumir sin dramas:

Alguien lo ha pensado de ti. Probablemente más de una vez.

No porque seas mala persona. No porque tomes las peores decisiones del mundo. Sino porque liderar implica tomar decisiones con información incompleta, bajo presión, con restricciones que no siempre puedes explicar. Y lo que desde arriba parece lo único posible, desde abajo puede parecer directamente incomprensible.

¿Recuerdas aquella vez que te pusieron una directriz que no tenía ningún sentido para ti? ¿Que te parecía absurda, corta de miras, completamente alejada de la realidad del día a día?

Ahora piensa que tú eres esa persona para alguien de tu equipo.

No para hacerte sentir mal. Para que puedas hacer algo con eso.

Por qué lo que decides desde arriba parece una locura desde abajo

Hay una brecha que casi nadie nombra en las organizaciones y que es la raíz de la mayoría de los "mi jefe es un imbécil": la brecha de contexto.

Tú tomas una decisión sabiendo cosas que tu equipo no sabe. Presiones del consejo que no se pueden compartir. Un problema con un cliente importante que todavía no es público. Una restricción presupuestaria que lleva semanas negociándose. Una conversación con RRHH que afecta a la estructura pero que aún no tiene forma definitiva.

Decides con todo eso encima. Y lo que comunicas —si es que lo comunicas— es solo la decisión. Sin el contexto. Sin el porqué. Sin la conversación que hubo antes.

Y tu equipo recibe una instrucción que parece caída del cielo, sin lógica, sin sentido. Y hace lo que hace cualquier persona ante algo que no entiende: llenar los huecos con su propia interpretación.

Cuando no hay contexto, la gente no deja el hueco vacío. Lo rellena. Y casi siempre lo rellena con la peor versión posible de la historia.

Ahí es donde nace el "mi jefe es un imbécil". No en la maldad. En el silencio.

Cómo manejarlo si eres quien lo piensa

Vamos a ser honestos: no siempre vas a poder cambiar la decisión de tu jefe. Y no siempre vas a poder entenderla. Pero sí puedes controlar lo que haces tú con esa rabia antes de que se convierta en algo más grande.

Separa el juicio de la persona del juicio de la decisión. Tu jefe puede haber tomado una decisión pésima sin ser pésima persona. Mezclar las dos cosas no te ayuda a ti y hace que cada conversación con él o con ella sea un campo de minas.

Antes de concluir, pregunta. "No entiendo bien la lógica detrás de esto, ¿me puedes explicar qué hay detrás?" No es confrontación. Es comunicación. Y a veces esa pregunta desbloquea información que cambia completamente tu lectura de la situación.

Elige dónde ventilas. Desahogarse es necesario. Pero hay una diferencia enorme entre hablarlo con alguien de confianza fuera del trabajo y convertirlo en el tema central del café de equipo cada mañana. Lo primero libera. Lo segundo construye un relato colectivo que es muy difícil de desmontar.

No lo hagas personal si no lo es. Una mala decisión rara vez va dirigida a ti específicamente. Suele ser el resultado de presiones, información incompleta o simplemente un mal día de quien decide. Cargarlo como algo personal agota y distorsiona.

Decide cuándo actuar y cuándo soltar. Si algo te afecta directamente, merece una conversación. Si es una decisión que no te gusta pero con la que puedes convivir, quizás no vale la energía. Aprende a distinguir los dos casos antes de movilizarte.

Cómo manejarlo si eres el jefe

La tentación cuando sabes que alguien piensa esto de ti es ponerte a la defensiva o ignorarlo como si no fuera contigo. Las dos respuestas son un error.

Comparte más contexto del que crees necesario. Si tomaste una decisión que sabes que va a sonar rara, anticípate. Explica el porqué. No para justificarte, sino para que tu equipo tenga con qué trabajar. La mayoría de los "no lo entiendo" se resuelven con información, no con autoridad.

Crea espacio para las preguntas incómodas. Si tu equipo no puede preguntarte cosas que no entiende, no es que no las tengan. Es que no se sienten seguros para hacerlo. Y ese silencio es mucho más peligroso que una pregunta difícil en una reunión.

No confundas el cuestionamiento con la falta de respeto. Que alguien no entienda tu decisión y lo diga no significa que te esté desafiando. Significa que está intentando hacer bien su trabajo. Recibirlo así cambia completamente la dinámica de la conversación.

Admite cuando te has equivocado. No de forma performativa ni como gesto de humildad corporativa. Sino de verdad, cuando sea verdad. Un jefe que reconoce sus errores sin derrumbarse genera más confianza que uno que siempre tiene razón.

No esperes a que haya conflicto para comunicar. La mayoría de las fricciones se podrían haber evitado con una conversación anterior. No la que explica la decisión después de que ya ha generado malestar, sino la que anticipa, que pregunta, que involucra antes de cerrar.

Un equipo que entiende el porqué de las decisiones —aunque no esté de acuerdo— puede trabajar con ellas. Un equipo que solo recibe instrucciones sin contexto solo puede obedecer o resistir. Y la resistencia silenciosa es lo más caro que le puede salir a una organización.

Lo que está debajo de la frase

Cuando alguien dice "mi jefe es un imbécil" —o lo piensa, que es lo mismo—, rara vez está hablando solo de la persona. Está hablando de algo que se rompió en la comunicación entre los dos.

Una expectativa que no se cumplió. Una decisión que no se explicó. Una conversación que no tuvo lugar. Un momento en que alguien se sintió ignorado, poco valorado o directamente invisible.

La rabia es el síntoma. La incomunicación es el diagnóstico.

Y aquí está lo que nadie dice en las formaciones de liderazgo: la empatía no es solo ponerse en el lugar del otro para entenderlo mejor. Es también preguntarse cómo te están viendo desde el otro lado. Qué información tienen. Qué información les falta. Qué están asumiendo de ti porque tú no has llenado el hueco con nada real.

Eso no te convierte en un líder buenista ni en alguien que somete sus decisiones a votación popular.

Te convierte en alguien que comunica. Que es, al final, de lo que va todo esto.

La empatía en el liderazgo no consiste en gustarle a todo el mundo. Consiste en que la gente entienda desde dónde decides, aunque no siempre esté de acuerdo con lo que decides.

La conversación que nadie quiere tener

La próxima vez que sientas ese pensamiento —ya sea como empleado que está harto o como líder que sospecha que su equipo no está contento—, antes de que se instale como verdad permanente, haz algo sencillo y difícil a la vez:

Habla.

No en el chat privado. No en el coche. No en la cabeza a las dos de la mañana. En una conversación real, con la persona real, con preguntas reales.

Porque casi siempre, detrás de "mi jefe es un imbécil", hay alguien que no entendió algo y nadie que se lo explicara.

Y eso sí se puede arreglar.

Pero solo si alguien decide empezar la conversación.