El síndrome del impostor en el liderazgo (o por qué sientes que en cualquier momento te van a descubrir)
Hay una reunión en tu calendario con personas que saben mucho más que tú de algo concreto.
Llevas días preparándola. Sabes los números. Tienes el contexto. Estás preparada.
Y aun así, cuando entras por esa puerta —o te unes por Teams con el fondo virtual puesto— hay una voz pequeña en algún rincón de tu cabeza que dice: hoy me van a descubrir.
El síndrome del impostor no es el problema de los que no saben. Es el problema de los que saben demasiado bien todo lo que no saben. Y en el liderazgo, eso es prácticamente todo el mundo.
Se habla mucho del síndrome del impostor como si fuera una fase que se supera. Como si con suficiente experiencia, suficientes logros o suficiente tiempo, esa voz desapareciera. No desaparece. Se transforma.
Cómo cambia el síndrome del impostor cuando lideras
Cuando eres junior, el síndrome del impostor dice: "No sé suficiente."
Cuando lideras, dice algo más sutil y más difícil de rebatir: "No merezco estar aquí."
Hay una diferencia enorme entre las dos. La primera se puede resolver con conocimiento. La segunda no. Porque no va de lo que sabes. Va de si crees que eres la persona adecuada para el rol que ocupas.
Y el liderazgo alimenta esa duda constantemente. Porque liderar implica tomar decisiones con información incompleta. Implica hablar con convicción sobre situaciones que no controlas del todo. Implica proyectar seguridad cuando por dentro estás gestionando incertidumbre.
Para alguien con síndrome del impostor, eso no es liderazgo. Es actuación. Y la sensación de que en cualquier momento alguien va a ver que estás actuando es agotadora.
Las formas en que se manifiesta (y que a veces no reconocemos)
Preparar en exceso para compensar. Llegas a cada reunión con el triple de información de la que vas a necesitar. Por si acaso. Por si alguien hace la pregunta que no esperas. Por si te pillan sin saber algo.
Atribuir los éxitos a factores externos. "Salió bien porque tuvimos suerte." "Funcionó porque el equipo es muy bueno." "En realidad no hice nada especial." El síndrome del impostor tiene una habilidad extraordinaria para desconectarte de tus propios logros.
No delegar porque tienes miedo de que se note que no sabes hacer algo. Si lo delegas, el otro puede hacerlo mejor que tú. Y entonces todos verán que no eras imprescindible.
Sentirte incómodo cuando te hacen un cumplido. En lugar de recibir el reconocimiento, lo minimizas, lo desvías o lo atribuyes a otra cosa. Porque aceptarlo implicaría creer que lo mereces. Y eso es exactamente lo que el síndrome del impostor no te deja hacer.
El síndrome del impostor no te hace trabajar menos. Te hace trabajar el doble para compensar la sensación de que no eres suficiente. Y eso, a largo plazo, es insostenible.
Por qué afecta especialmente a quienes han escalado desde abajo
Hay un patrón que se repite con frecuencia: las personas que han llegado a posiciones de liderazgo desde contextos donde no era lo esperado —primera generación universitaria, migrantes, personas de entornos sin capital social o económico— tienen tasas más altas de síndrome del impostor.
No porque sean menos capaces. Sino porque llevan consigo la voz de un entorno que no les decía "tú puedes estar ahí". Y esa voz no desaparece cuando llegas. Se vuelve más sofisticada.
Si esto te resuena de forma personal, quiero que sepas algo: que hayas llegado donde estás desde donde venías no es evidencia de que tuviste suerte. Es evidencia de que hiciste algo extraordinariamente difícil. Y eso merece ser reconocido, también por ti.
Qué hacer con esa voz (sin silenciarla del todo)
Aquí viene la parte contraintuitiva: el objetivo no es eliminar el síndrome del impostor. Es relacionarte con él de otra manera.
Nómbralo. Cuando esa voz aparece, en lugar de intentar acallarla o de dejarte arrastrar por ella, dile: "Ah, hola. Ya sé que estás ahí." Suena ridículo. Funciona. Nombrar la voz la separa de ti. Deja de ser tu voz y se convierte en una voz. Y eso cambia cómo la procesas.
Distingue entre incompetencia real e inseguridad percibida. Hay cosas que no sabes hacer. Eso es normal y resoluble. Y hay cosas que sabes hacer pero que el síndrome del impostor te hace cuestionar. Aprender a distinguir las dos es una habilidad de liderazgo.
Habla de ello con alguien de confianza. El síndrome del impostor vive en el silencio. Cuando lo sacas, cuando lo compartes con alguien que también lidera, casi siempre pasa lo mismo: el otro dice "a mí también me pasa". Y eso, de alguna forma, lo cambia todo.
Construye un archivo de evidencias. No para presumir. Para recordar. Una nota, un mensaje, una evaluación que diga que hiciste algo bien. El síndrome del impostor tiene una memoria selectiva: recuerda los errores y olvida los logros. El archivo le da la vuelta a eso.
La paradoja final
Los estudios sobre síndrome del impostor llevan décadas mostrando lo mismo: las personas más incompetentes rara vez lo experimentan. Son las más preparadas, las más reflexivas, las que tienen más conciencia de sus propias limitaciones, las que más lo sufren.
Así que si estás leyendo esto y reconociéndote en cada párrafo, hay una cosa que puedo decirte con bastante certeza:
El hecho de que sientas que no mereces estar donde estás es, probablemente, una de las mejores evidencias de que sí mereces estarlo.
Porque los que no reflexionan sobre si están a la altura nunca se hacen esa pregunta.