Comunicación corporativa

Reputación corporativa: lo que controlas y lo que no

Marilena Sánchez · · 9 min de lectura
Reputación corporativa: lo que controlas y lo que no

Era 2013. Estaba en IKEA cuando estalló uno de los escándalos alimentarios más mediáticos de la última década: las albóndigas suecas —esas que millones de personas comían cada semana en la cantina azul y amarilla— contenían trazas de carne de caballo. No era toda la producción. No era un problema de seguridad alimentaria. Era, técnicamente, un problema de etiquetado en unos pocos lotes de un proveedor en uno de los mercados europeos.

No importó. El impacto fue global. Las visitas a las tiendas cayeron. Y en aquellos años, la visita a la tienda era la métrica sobre la que giraba prácticamente todo el negocio.

IKEA no había hecho nada. Pero IKEA pagó el precio.

La reputación no se destruye solo cuando tú cometes un error. A veces se destruye cuando alguien que está a tres eslabones de ti en la cadena comete el suyo. Y el cliente no hace esa distinción.

Eso me quedó grabado. Y desde entonces no he podido ver la gestión de reputación corporativa de otra manera.

Lo que la mayoría llama gestión de reputación no es gestión de reputación

Cuando una empresa dice que "gestiona su reputación", casi siempre está hablando de lo mismo: el departamento de comunicación, los portavoces entrenados, el manual de crisis, las notas de prensa redactadas con cuidado quirúrgico, la monitorización de medios.

Todo eso tiene valor. Y es solo la parte visible. La punta del iceberg que, curiosamente, es la que menos pesa cuando algo falla de verdad.

La reputación corporativa real se construye —o se erosiona— en capas mucho más profundas y mucho menos glamurosas. En las decisiones que nadie publica. En los tratos que no salen en ninguna nota de prensa. En cómo se comporta la empresa cuando nadie la está mirando.

O cuando todo el mundo la está mirando por las razones equivocadas.

La reputación es la suma de todas las experiencias que otros tienen contigo. No solo las que tú diseñas y comunicas. Todas. Las que viven tus clientes, tus empleados, tus proveedores, tus partners, tus vecinos de polígono industrial. Gestionar la reputación sin tener en cuenta a todos esos actores es como intentar arreglar una gotera pintando la pared.

El eslabón que nadie vigila: proveedores y partners

Hay algo que he visto repetirse en muchas organizaciones y que casi nadie nombra como problema de reputación: el trato hacia quienes proveen servicios o materiales.

Una empresa puede tener el mejor departamento de comunicación del sector. Puede tener una estrategia de marca impecable, valores publicados en la web con tipografía preciosa y un manual de identidad corporativa que gana premios. Y al mismo tiempo, en el día a día, sus equipos de compras negocian con proveedores de una manera que haría sonrojar a cualquiera.

Plazos de pago incumplidos de forma sistemática. Condiciones que se cambian unilateralmente cuando el contrato ya está firmado. Trato despectivo en las negociaciones hacia quien tiene menos poder en la mesa. Acuerdos verbales que se olvidan convenientemente cuando llega el momento de cumplirlos.

Eso no aparece en ningún titular. Hasta que aparece.

Porque los proveedores hablan. Los partners hablan. La gente que ha trabajado con tu empresa habla. Y lo que dicen no lo controla ningún departamento de comunicación.

Tu reputación la están construyendo ahora mismo personas que no saben que lo están haciendo. El comercial que trata mal a un proveedor pequeño. El responsable de compras que cancela un pedido por correo a las 7 de la tarde del viernes. El directivo que no responde los correos de quienes le necesitan menos.

Esto no es un problema de comunicación externa. Es un problema de cultura interna que tiene consecuencias externas. Y la distinción importa porque determina dónde hay que intervenir.

Lo que sí puedes construir antes de que llegue la crisis

IKEA sobrevivió al escándalo de las albóndigas. No sin daño, pero sobrevivió. Y una parte importante de esa capacidad de recuperación vino de algo que no se construye en una semana: décadas de coherencia entre lo que la marca prometía y lo que la gente experimentaba.

Eso es capital reputacional. Y es lo único que de verdad amortigua el golpe cuando llega algo que no puedes controlar.

No se acumula con comunicados bien redactados. Se acumula con decisiones consistentes a lo largo del tiempo. Estas son las que más importan:

Cuida cómo se negocia en tu nombre. Las personas que negocian con proveedores, partners y colaboradores son embajadoras de tu reputación corporativa, aunque nadie les haya dado ese título. Define estándares claros de cómo se relaciona tu empresa con el ecosistema que la rodea. No como política de RRHH: como política de reputación.

Cumple lo que dices antes de que te vean. La coherencia entre el discurso y la práctica no se construye para la galería. Se construye en los momentos donde nadie está mirando: en los plazos que se cumplen aunque nadie lo vaya a publicar, en el trato que se da cuando la contraparte no tiene poder para reclamar, en los acuerdos que se respetan aunque cambien las circunstancias.

Mapea quién habla en nombre de tu empresa. Y no me refiero a los portavoces oficiales. Me refiero a todos los que, en algún momento, representan a la organización frente a alguien externo: el equipo de ventas, el equipo de compras, las personas que atienden reclamaciones, los que gestionan las relaciones con el canal. Todos construyen reputación. O la erosionan.

Audita tu huella reputacional real. No la percibida, la real. Habla con proveedores que hayan dejado de trabajar contigo. Con clientes que no repitieron. Con ex empleados. No para hacer un informe bonito, sino para entender qué experiencia real genera tu empresa en quienes la rozan. Eso es lo que circula cuando tú no estás en la conversación.

Cuando llega la crisis: lo que sirve y lo que no

Si la crisis llega —y en algún momento llega— hay una sola variable que determina si tu comunicación funcionará o no: la credibilidad acumulada antes.

Una empresa que ha construido capital reputacional real puede pedir disculpas y ser creída. Puede decir "esto no es lo que somos" y que tenga sentido. Puede reconocer un error y que la gente decida darle el beneficio de la duda.

Una empresa que no ha construido ese capital puede hacer la rueda de prensa más perfecta del mundo, contratar a los mejores consultores de comunicación de crisis y redactar el comunicado más impecable. Y no le va a creer nadie.

Porque la crisis no se gestiona en la crisis. Se gestiona en los años anteriores.

Lo que sí puedes hacer cuando estás en medio del fuego:

Habla pronto y habla con hechos. El silencio en una crisis no es neutralidad: es confirmación de lo peor. No hace falta tenerlo todo claro para comunicar. Hace falta ser honesto sobre lo que sabes, lo que no sabes y lo que estás haciendo para averiguarlo.

No delegues la voz a quien no tiene autoridad real. El comunicado del departamento de comunicación tiene un techo de credibilidad. Cuando el problema es serio, quien habla tiene que tener el nivel de responsabilidad que el momento requiere. No siempre tiene que ser el CEO, pero sí alguien con peso real en la organización.

Separa lo que puedes controlar de lo que no. En el caso de IKEA, el problema venía de un proveedor. Eso no eximía de responsabilidad, pero sí cambiaba el tipo de acción necesaria: hacia dentro de la cadena de suministro, no solo hacia la opinión pública. Confundir el foco hace que inviertas energía en el lugar equivocado.

Actúa antes de comunicar. La peor secuencia es comunicar una solución que todavía no existe. La credibilidad se gana demostrando que haces lo que dices, no anunciando lo que vas a hacer. Si puedes retirar el producto, retíralo. Si puedes compensar al afectado, compénsalo. Luego habla.

Ningún manual de crisis puede sustituir a los años de coherencia que lo preceden. Puedes tener el mejor plan de comunicación del sector. Si no tienes reputación construida, el plan no tiene sobre qué apoyarse.

La pregunta que pocas empresas se hacen

No es "¿qué hacemos si hay una crisis?". Esa pregunta la tiene respondida casi todo el mundo, al menos sobre el papel.

La pregunta real es: "¿qué experiencia genera nuestra empresa en quienes la rodean cuando no hay ninguna crisis, cuando nadie nos está mirando, cuando no hay ningún incentivo especial para comportarse bien?"

Esa experiencia acumulada es tu reputación real. No el manual. No la estrategia de comunicación. No los valores enmarcados en la sala de reuniones.

Y esa reputación la están construyendo ahora mismo, en este momento, personas de tu organización que no tienen ni idea de que lo están haciendo.

La única gestión de reputación que funciona empieza mucho antes de que haya algo que gestionar.